
Tenía, como ella,
ojos color de miel irisados en ámbar,
el cabello rojizo como un galope en sueños,
y una afición inhóspita, desmedida
por los viajes nocturnos y los hombres
de oscuridad alegre.
Se lo contaban todo.
Andaban de la mano como chispas prendidas
-- como gotas de agua les decían al verles --
y él se creyó igualado a los ojos de ella.
Se querían amigos y bebieron
el alcohol del deseo como si nada hubiese.
Un vértigo de luces, un calor en el frío.
Y cuando el tiempo quiso
-- porque el azar no juega en estos casos --
que ella se cruzara al hombre de su vida,
un hombre nada turbio -- convencional y simple --
que la cambió de golpe en fiel y temerosa,
se desgarró la magia como niebla en un faro.
Y él la miró de lejos, como si nunca fuese.
LUIS MUÑOZ, Manzanas amarillas.

1 comentario:
Es bueno encontrar un lugar en el mundo, nuestro lugar en el mundo donde nos sentimos a salvo, protegidos, seguros y confiados... donde reconocemos al instante que somos de allí, que nos iremos pero que retornaremos siempre allí, porque es en ese lugar y no en otro donde la felicidad sube a nuestra boca y dibuja una sonrisa de complicidad que solo conocen el lugar y uno mismo.
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