jueves, 19 de julio de 2007


“Agarrado como árbol de raíces profundas a una tierra cada vez más agrietada,

contemplando la caída del centenario sombrío”


Y volveré a vivir lo nunca ocurrido,

a sumergirme en mentes distantes para acercarlas a la mía

a regarme con litros de gin tonic

como falsa ayuda en mi búsqueda del paraíso de las soledades apartadas.


Mi, cada vez más, frágil cuerpo de acero sufre los arañazos de la vida,

aquellos que antes no se atrevían a dejar huella

hoy se transforman en profundos surcos,

hasta la muerte se ha dejado ver de cerca

mas aun tengo reflejos para esquivarla.


En continuo tiempo de espera me hallo

un continuo relativo, con fecha tope, cada vez más cercana.

Una vez alcanzada me espera la S de tu cintura,

perderme en el encuentro de la unión de los dos arcos.


“Agarrado como árbol de raíces profundas a una tierra cada vez más agrietada,

contemplando la caída del centenario sombrío”

miércoles, 18 de julio de 2007

MULBERRY STREET



Dicen que arrodillarse es humillante.

Que es esta posición la del vencido,
del sumiso, del vil, del que renuncia
a la última esperanza de salvarse.

Que estar arrodillado en una calle,
en un templo o salón, afrenta incluso
a aquel que lo contempla y no lo impide.

Como afrenta una bomba que no estalla
a quien confiaba actuara su explosivo.

Sí. Es innoble actitud arrodillarse
delante de otro ser, cuando el sujeto
es pasivo. Mas no si éste es activo.

Porque hay una excepción en que es victoria,
gozo y satisfacción esta postura:
cuando el sexo la exige ansiosamente.

Entonces es divino arrodillarse.

"Ciudad del hombre, New York"
Jose Maria Fonollosa